miércoles, 20 de octubre de 2010

Un día más

Vaivenes de espanto y felicidad,
rincones lejos del mar,
funámbulos con miedo a tropezar,
ojos de infinita profundidad.

Cabezas gachas,
naufragios que cosen heridas,
poemas que están por llegar,
esperas que disparan a matar.

Pasos de baile en la oscuridad,
gritos silenciosos que claman libertad,
suicidio colectivo en la barra de algún bar,
vidas que huyen sin avisar.

Farolas cansadas de alumbrar,
mentiras agotadas de escapar,
verdades que no llegan;
planetas hartos de girar.

Dudas que cobran vida,
animales parlanchines en cada esquina,
humanos que callan e imaginan,
sueños que se tornan realidad.

Mañanas que dibujan verdes en el cielo,
naranjas sobre el alquitrán,
caminares dispares de la mano,
niños que aprenden a llorar.



A. B.

jueves, 7 de octubre de 2010

No quiero que te vayas

Ochenta y dos días de lluvia bajo el Sol,
mil silencios mal contados,
una sola estrella,
mañana quizás signifique Adiós.

Desayuno con diamantes,
ojos puros sin pulir,
basta que me digas “te quiero”
para que yo me pierda y diga “sí”

Me perderé en tu ausencia,
en los tumultos del ir y venir;
me encontraré en cada recuerdo,
en las esquinas que me den algo de ti.

Y flotaré, flotaré en los días de lluvia,
contando las hojas secas que traiga el otoño,
el otoño que la primavera no dejó existir,
el de los días cortos y las noches eternas,
el otoño con el que aún debo aprender a vivir.


A. B.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

En tu ausencia...

En tu ausencia ya no mira el silencio. Han muerto los jadeos; ahora nadie trae el agua a tu entrepierna. Vivo enterrado bajo un reloj de arena que me recuerda cuanto tiempo llevas sin abrazarme. Sólo sudo cuando duermo, pero hasta el sudor se siente frío y solo. Al despertar, ando por mis entrañas. Un paisaje de paciencia sustituye el antiguo decorado de cartón piedra. Ni siquiera está ese viejo vaquero que bebía aguardiente para no sentirse un hombre. Cada vez que me veía, me repetía una y otra vez: "Quien hace una bestia de uno mismo, se quita el dolor de ser hombre." - "Quien se convierte en una bestia, tambíen se quita el placer de ser hombre." le respondía yo. No sé, son esas las cosas que al final importan. Sufriremos solos y también en compañía. Viviremos atormentados en algún momento de nuestra vida. Pero si sufrimos es porque estamos vivos. Si estamos solos o en compañía, es porque estamos vivos. Tened paciencia y no dejéis que el tiempo os aplaste. Hay que salir de ese montón de arena porque en su interior el Sol y la Luna nunca se abrazarán. En su interior, el mar y el cielo están invertidos. No puedes nadar, tampoco puedes volar. Los problemas se hacen vitales y lo vital se hace banal. En su interior, no podremos estar juntos. Por eso estaré cavando hasta respirar aire fresco, hasta ver la luz del sol. Buscaré la libertad, la tuya y la mía. Quiero nadar. Quiero volar... todo junto a tí.

l u i s c a

viernes, 10 de septiembre de 2010

Un cuarto oscuro y la mente en blanco

Sabes que ha llegado el momento... Te palpitan las ideas y vuelas sin piloto. Intentas pensar en otra cosa: ¿Dónde lo dejé?

El tiempo pasa y el aire se cuela en tus oídos. Hay música en el mundo... Tu canción favorita: "Quizás mañana".

Todo parece igual: techo blanco, suelo negro, al fondo... un mueble sin color.

Te acuerdas del día en que sonreíste y alargas tu mano intentando recuperar ese momento.

Buscas su número pero solo encuentras los restos de una hoja arrancada.



Sientes miedo, llueven pesadillas en la orilla de tu mente y la marea inunda toda la playa.

De la mano de tus pasos corres hacia ninguna parte... hacia el hogar sin dirección.

Un segundo más, quizás dos. Recuperas la realidad... Estoy en una habitación: techo blanco, suelo sin color, al fondo... un mueble negro.



¿Hay alguien?

No responden, aunque sabes que están ahí... Esperando.

Demasiado ruido y sin embargo puedes oírlos.

Nadas intentando escapar y encuentras la puerta cerrada: ¿dónde estás?

Repasas cuanto sabes, aunque hayas olvidado casi todo.


Al final, restos de horas muertas: un cuarto oscuro y la mente en blanco.

jueves, 22 de julio de 2010

La misma Luna, el mismo Sol.

Si el mundo merece la pena o no,
qué sé yo,
ni lo inventé, ni lo domino,
ni jamás lo entenderé.

Sólo sé que hoy,
tras algo más de veinte años vivo,
me alegra estar donde estoy;
a mil kilómetros de distancia de donde quisiera,
cansado y alegre,
triste y nublado,
qué bueno poder ver esta noche la Luna,
mañana, quizás, el Sol.

Y el mar, y las estrellas,
y las aceras llenas de cucarachas,
y el desconsuelo, también las noches en vela,
la espera del final que no llega,
el amanecer camuflado de mediodía,
los tímidos silencios, las atropelladas palabras,
los acentos, las patrias, las banderas,
los tipos serios, las niñas buenas,
la calidez de ciertos rostros, lo arisco de otros tantos,
la mirada extraña, el reír sincero,
la muerte en cada esquina, la vida en cada cuna,
las forasteras, los extranjeros,
la complicidad de los te quiero,
el dolor de un hasta luego,
lo devastador de un adiós.

Qué bueno sentir aquello y lo otro,
vivirlo intensamente propio,
y a la vez ser un extraño ajeno,
latir ausente y sentir presente.

¿Qué es la vida?
Y qué sé yo.
Probablemente un andar triste y sombrío,
mas perdónenme la indiscreción,
y que me alcancen la pena, la desgracia y la misma muerte,
con buen humor;
fue bonito mientras duró.


A. B.

miércoles, 14 de julio de 2010

Boquilla de Cartón

Respirar en mi burbuja no está mal.
Disfrutar del humo verde es genial.
Y la verdad, que sola sale,
Es lo que sustenta nuestra rave.

Y caben en mi corazón,
Las aves de nuestro balcón.
Y vuelvo a mí,
A respirar en mi burbuja de jabón.
Jabón sudado como el jamón,
Queso curado y una bolsa de cartón;

Para guardar tu aliento
Y el hueco de tu ombligo.
Y disfrutar,
Y respirar,
Y navegar en tus fluidos.
Y beberme la saliva que sale de tus rugidos.

Mi corazón sumergido,
Cazador de rubio trigo,
Protector de tu latido.
Vikingo, vikingo es tu latido.


l u i s c a


La Cisterna

Escribí renglones con la mierda que guardaba en mi almohada. El papel higiénico acumulado en el desagüe de mis problemas contaba las historias de una conciencia cansada de tanto trabajar. Un espíritu muerto colocaba los puntos y las comas. Era una fuente inagotable de historias desgarradoras protagonizadas por las dudas existenciales de mi cerebro. Era otro tiempo, otra actitud y la misma vida que llevo ahora.

Pero con el paso del tiempo, a cuestas con mi evolución, encontré perdida en altamar una cisterna vikinga fabricada en reluciente oro y llena de aguas esperanzadoras. Simplemente tuve que tirar de la cadena, y así, sin más, la mierda y el papel desaparecieron...

Desde entonces, asumo la dependencia. Me costaba enormemente andar solo. Como la tuerca y el tornillo, el sol y el amanecer, la espuma del mar, la sal y la arena. Como un sherpa y la montaña, como un perro y su ciego. Y me lo imagino todo eterno, entre colchones y sábanas: un paisaje de colores. Y de sabores. Una vida plena, familia y amigos. Una casa llena, mujer e hijos. Una mochila a cuestas, viajes y más viajes. Y perecer aprendiendo de ti y de mí, del resto.


l u i s c a

martes, 13 de julio de 2010

Una niña pasó a mi lado…

...

El día amaneció radiante. El tejado azul se iluminó con tenues pinceladas de sol que atravesaban la tierra y se perdían más abajo. En los labios del mundo pude leer una sonrisa, un beso y un “te quiero”. ¡Qué importaba el mañana si el mundo rebosaba entonces tanta luz! Debían enterrarse los pesares del ayer. Habíamos de volar alto; libres por fin de unas cadenas forjadas al abrigo de innumerables engaños. Sin embargo, ocurrió. Apenas si la vimos llegar. Cuando reaccionamos ya era demasiado tarde.
' · . . . . El cielo se vistió de negro, doliéndose en sus entrañas. La sangre brotó en nubarrones de ceniza. Sopló el viento, que avivó las llamas. De súbito, surgió la figura de una serpiente sin cabeza que articulaba, en su lugar, la mano de una mujer… balanceándose con melódico compás por entre la espesura gris. Un instante después, descendía furibunda hacia una muchedumbre sumida en lágrimas. Pobres hombres; inmóviles, sin salida. Esperando una señal del cielo que les condene por fin a no padecer más. La criatura no vaciló. Sus dedos deshicieron por entero las sonrisas, desnudaron cada beso para verlo morir de frío, y separaron para siempre a aquellos que vivían en un frágil “te quiero”.

…Todo fue un sueño y, sin embargo, juro que fue real.

La Vida es una joven consentida que disfruta con un juego que apenas conoce. Alguien debió darle las instrucciones equivocadas, o, sencillamente, jamás hubo regla alguna. Todo: los instantes en que huimos, las palabras que no supimos escoger bien, los silencios incómodos, y otros tantos desastres humanos, obedecen ciegamente al obsceno guiar de una mente fría, arraigada en los insensibles y deshumanizados páramos del infinito.

Ofrece a una niña un vestido nuevo y florecerá una princesa. Regálale el cuidado de los hombres y se creerá Dios.

Me duele saberme tan vacío, tan inútil y cobarde. Grito para no oírme por dentro. Hace mucho que perdí la palabra, mi palabra… Ahora hablo en nombre de otros. Cada día que pasa, parece más claro que camino por un sendero de ilusiones que me pierde sin remedio. Por el día espero agachado a que llegue la noche. Entonces, me castigo recordando el pasado, mientras suena la marcha fúnebre que alguien compuso para mí.

El niño observa desde la esquina cómo un anciano intenta cruzar la calle. De un salto, corre en su ayuda viendo los torpes gestos de aquel fosilizado espectro... Al llegar junto a él, se detiene y espera. Lo hará por siempre: el hombre ha muerto.

Ella puede ver… contempla todo y a todos. El resto vaga a oscuras por un terreno asesino que jamás oyó hablar del hogar. Como una niña, acaricia cada figura con delicado gesto. Desconoce por qué le fascinan esos ojos tan brillantes… tan vivos. Como una princesa, decide someterlos y los obliga a obedecer. Como un dios, resuelve acabar con un estúpido juguete que se pudre por desuso. Inventa el Tiempo, y deja que las horas eleven la agonía de los hombres hasta hacerles perder la razón.

Una niña pasó a mi lado y me pidió un vestido nuevo. Apenas si me detuve a escucharla… Seguí caminando y, a cada paso, se fue desvaneciendo el eco de su llanto.

sábado, 26 de junio de 2010

Un cielo gris anuncia tormenta

...

Decir que la rutina apesta a viejo no supone descubrimiento alguno. Que los viejos mueren apestados por tanta rutina resulta igualmente obvio. Ningún consejo nos librará de la muerte y lo más sensato es mirar para otro lado cuando se acerque el tren.

Lánzate al espacio humano y supera la barrera de la estupidez absoluta para creerte cuantas historietas seas capaz de tragar. Respira hondo y colócate sin medida con los efluvios pestilentes de la vida en sociedad. Quizás te sientas mareado. Se pasa enseguida. Somos una especie que se acostumbra a todo; a todo lo que huele mal. Así, verás pasar la vida sin sentido alguno, sin tiempo para respirar y con la perversa confusión de no saber si vienes o si vas. Pero ¿qué importa eso? Al fin y al cabo, nos criaron para morir y no para saber qué hacer con nuestra vida.

Pregunta al viento dónde nace y pregúntate a ti mismo a dónde van a morir los hombres, veréis que ambos venís del mismo sitio aunque jamás sabréis a dónde os dirigís.

Saborea el relámpago del destino, arrodillándote a los depravados designios de una deidad venida a menos, devaluada por el paso cruento de los años. Contémplala maravillado, y descubre al tiempo la Verdad: que no hay sonrisas en los niños, sino una mueca macabra que ignora el terrible final.

Escondido a la sombra de palabras proscritas, observo aterrado el mundo. Miro a través de la pequeña abertura de realidad que a veces olvida cerrar la vida. Sólo veo muerte y dolor, envidia y miedo. Veo a unos crecer y a otros, la mayoría, menguar. Todos igualmente perdidos.

Las calles huelen a azufre y un viejo esparce sus dientes por la acera. Más tarde muere, y un manto oscuro cubre su rostro. Se despide y nadie le devuelve su adiós.

Huiré donde no haya nadie para encontrar al fin compañía. Cuando llegue el momento, enterraré mis dientes bajo un árbol y dejaré que una brisa fresca cubra mi rostro mientras me despido, a solas, de un cielo gris que anuncia tormenta.

martes, 8 de junio de 2010

No te puedo dejar

He caído y ya no sé si podré parar,
he empezado y no creo que lo pueda dejar.
Estoy temblando y ya no sé frenar,
no puedo, no, no sé dejar de palpitar.

No sé donde voy, no sé si quiero o si me dejo llevar;
sonrío, pero quizás todo esto me acabe por matar.
Hace tiempo olvidé llorar
y cada vez que me acuerdo… no lo puedo dejar.

Hace tiempo di la espalda al punto y final
ahora todo son dudas
penas y miserias,
ojalá recuerde no desesperar.

Vengo dejándome alcanzar,
aún miro atrás y espero,
miro y confío,
aún fantaseo con que estás por llegar.

He mirado en mi interior,
donde se esconden el amor y el odio,
y no lo he podido dejar,
nunca antes vi mayor oscuridad.

Entre tanta sombra, entre tanta cruz,
he encontrado una pequeña primavera vestida de tú,
y ahora sé que cuando quiera encontrar una verdad
me bastará con tus ojos encontrar.

Y ahora que te conozco,
he caído y ya no sé si podré parar,
he empezado y no creo que lo pueda dejar.
Estoy temblando y ya no sé frenar,
no puedo, no, no sé dejar de palpitar.


A. B.

viernes, 4 de junio de 2010

Anoche

Anoche me descubrí cavilando sobre el ayer y el mañana, las heridas que se fueron y aquellas aún por venir. Necesitaba ver, sentir la Verdad. Dejé caer mi mirada en un abismo de oscura infinitud. Apenas lograba mantener los ojos abiertos. El frío era tan intenso que por un momento creí ver a través de dos diamantes de hielo azul. Pese a ello, mantuve la vista firme, buscando una respuesta, un lugar a donde dirigirme, tal vez un rostro familiar. No encontré nada. Me perdí en el difuso vacío que separa una estrella de otra. Desistí por no enloquecer; incapaz de dar sentido a aquel cuadro que relucía entre tinieblas.

Las aves de paso se enorgullecen de su fortaleza en soledad. Olvidaron hace mucho dónde yacía su hogar, quiénes fueron sus amigos y a quién amaron en secreto. Viajan con la sola compañía del viento; su patria, todo el cielo.

Anoche dejé caer una lágrima que nadie vio. Apenas un leve susurro impactando contra el suelo. Observé cómo descendía… No era una gota salada sino yo mismo quien se desvanecía en aquella irremediable caída. Un proceso lineal, causa-efecto. Como un niño al despertar de una pesadilla… respira hondo, observa: está a salvo. Rompe las cadenas de la locura y regresa a este mundo insano.

Hay hombres que alzan la voz por un ideal de vida, algunos fanáticos que dan su vida por inmortales dioses, y otros, aún más ilusos, que desafían las leyes del mundo con banderas forjadas en su corazón. A todos los acaba curando el Tiempo. Los primeros consiguen un día su añorado deseo pero el mundo no cambia y siguen los llantos y los lamentos y el ideal futuro se torna un presente fracaso. Los segundos, de repente, desvelan por fin su gélida soledad, la inútil tarea de mirar al Cielo; una vida puesta al servicio de un mundo caótico, donde reina el azar y la voluntad del cruento poder. Los últimos llevan grabadas a fuego “Justicia” y “Libertad”, pero su corazón ya ha vivido demasiado y está harto de creer en quimeras. Endurece su cáscara de plomo y se despide de una despótica e injusta vida.

Anoche vi cómo amanecía… Se me hizo tarde buscando respuestas y al final no hallé ninguna. Clareaba a lo lejos. Todo había acabado. La luz dibujó el mundo; un paraje repleto de dolor y confusión: el dolor de quienes viven confundidos y la confusión engendrada por tanto dolor. El sol imponiendo un nuevo día en este páramo gris. No obstante, iluso y abatido, caí arrodillado y me creí por completo aquel cuento. Confié un día más en los hombres, relucientes bajo aquella nueva claridad. Mis temores se disiparon y de nuevo miré hacia arriba, confiado. Sé que me engaño… pronto anochecerá y el mundo volverá a enloquecer. Aunque, por ahora, trataré de ser uno más.

La luz se apaga y el Ciego se convierte en Dios. Todos los astros giran a su alrededor, piden clemencia y le declaran su más sincero amor. Más tarde amanece y el mundo cambia: ¡Que Dios salve al pobre Ciego… los astros quieren su muerte!

sábado, 22 de mayo de 2010

Albor

Tardes de primavera y desatino,
noches de calma y tempestad;
mañanas a deshoras escondidos,
promesas infinitas de no desesperar.

Luces que iluminan la ciudad,
idas y venidas en la esquina,
historias viejas por contar,
rostros vivos dispuestos a escuchar.

Ojos faros abiertos en la tempestad,
manos dispuestas a ayudar,
noche oscura y sendas de claridad:
vidas perdidas en el mar.

Locos que clavan la mirada,
miradas que transportan la verdad
de vidas apagadas,
dispuestas a volver a comenzar.

Arte guardado en los cajones,
ideas aún por inventar,
niños que descubren que están vivos,
ancianos que sonríen al expirar.

Finales que no terminan nunca,
inicios de latidos y su andar,
lunas que llaman a la puerta,
sueños que ayudan a viajar.


A. B.




sábado, 15 de mayo de 2010

Kapitán

¡Oh capitán, mi capitán!

De tierra, también de mar.


Hermano de hombres que vagan mundos,

Bocas hambrientas, entumecidos músculos.


Domador del pensamiento, tú,

Vomitas libertad en cada aliento.


Marinero en asfalto, hombre bueno,

Actitud de aprendiz, palabras de sabio.


Negro barbaje, espumoso brebaje.

Colegas, barbacoa y oleaje.


San Pedro nos abrió las puertas de la percepción,

Las Milnov fueron una dulce introducción al caos.

Quedan palabras, quedan viajes,

Queda una larga lista de homenajes.


¡Oh capitán, mi capitán!

Amigo… y mucho más.


l u i s c a

viernes, 14 de mayo de 2010

Yonqui

Necesito mi dosis y estoy durmiendo.
Si no me drogo, reviento.

Del mono recuerdo cada palabra, cada gesto.
A la mierda el resto.

Picores y dolor de espalda compartido,
La rubia perfecta: compañera y amigo.

Estoy enfermo. Yonqui soy desde luego,
Pero también camello.

Calada tras calada de tu boca y de tu pelo,
Ahora digo: contigo me quito el sombrero.

Chutes de abrazos verdaderos
Y la misma mierda y el mismo sendero.

La misma casa y el mismo suelo.
Ella está ahí, te juro que la huelo.

Esnifo sus pasos, me bebo sus huellas,
Me chuto, me drogo,
Su cuerpo, mi mapa de carreteras.

Me llena y corre por mis venas.
¡¿Qué es mejor que levantarme a su vera?!

Venga, otro chute. Sonrío porque estoy en mi nube, nuestra nube. La que llueve por nosotros, la que vive junto al sol.

l u i s c a


martes, 4 de mayo de 2010

No estamos solos.

No estamos solos,
no somos sordos,
ni mudos, ni cojos,
no estamos locos,
ni cuerdos, ni ciegos.

Y cuando lo seamos…
¡No nos lo creeremos!

¡Tenemos tantas ganas…!
Lucharemos por mañana,
para que sea mejor que hoy,
y hoy no descansaremos…
¡No! ¡Resistiremos!

Minuto a minuto,
sin miedo al adiós.
Paso a paso,
siempre en camino.

Una sonrisa bien vale una vida,
regala tu vida.
Eterna esperanza,
llama siempre viva.

¡No estamos solos!
Si no hay nada estás tú,
si no hay nada, estoy yo,
y no hay mayor todo
que tú y yo,
juntos: los dos.

Todos somos sordos,
mudos, cojos,
muy pequeños, muy débiles,
locos, cuerdos,
frágiles,
infinitamente ciegos.
Todos somos todos,
¡Y no nos olvidaremos!

A. B.

jueves, 22 de abril de 2010

El Pájaro sin alas

Era una mañana como otra cualquiera. Los rayos de sol caían con fuerza sobre la copa de los árboles y se internaban en la penumbra entre el follaje. En un precioso roble, a unos 12 m de altura, el bullicio de la vida rompía el silencio de la mañana. En un nido, tejido con paciencia y esmero, había llegado un nuevo ser al bosque. Era lindo. Su nombre era Ragga.

Con el paso de los años se fue haciendo mayor. Era el preferido de muchos otros animales, por su simpatía, su alegría y su buena fe. Era el preferido de muchos… excepto de sus padres. Lo que tenía de bueno, lo tenía de travieso. Nunca hacía caso a nadie e iba siempre por libre. Los animales empezaron a cansarse de su actitud y lo tachaban de egoísta. “Ha cambiado. Ya no es el mismo” – decían en el bosque. Y el pobre pájaro seguía siendo igual de simpático, igual de alegre y seguía teniendo la misma buena fe… aunque es cierto que era un poco independiente. Y esto no gustaba en el bosque, donde todos se sentían una gran familia. Él siempre había querido emigrar. Tenía un enorme amor por su bosque y por los habitantes del mismo, pero la curiosidad por conocer otras gentes, otros lugares, y crecer “como persona”, le habían hecho desear, con mayor fuerza que nada en el mundo, emigrar.

Poco tiempo después, conoció a una hembra un poco más joven que él. Ella nació en el bosque, pero emigró de pequeña y ahora había vuelto a pasar una temporada. Por eso él jamás la había visto. Desde el primer momento se quedó prendado. Ella era especial. Un gran número de hembras habían intentado conquistar su corazón, pero Ragga no había conocido aún a una hembra que llenara su corazón y por la que “renunciar” a su independencia y a su libertad. Él quería emigrar. Sin embargo, en cuanto ella se posó sobre la rama de otro roble, a unos pocos metros de distancia, el corazón de Ragga empezó a ablandarse.

Pronto se hicieron buenos amigos. Sus personalidades, aunque diferentes, encajaban a la perfección. Empezaron a quedar los dos solos, a escondidas, en el bosque. Cuando estaban juntos, el tiempo se detenía. “Qué pena ser pájaro y tener alas en lugar de brazos… debe ser bellísimo poder abrazarse” – se decían siempre. Eso sí, rozaban sus picos y sus cuerpos durante horas, hablando de esto y de aquello. Y a veces, de nada.

No todo fue un camino de rosas. Sus personalidades, aunque encajaban a la perfección, eran muy diferentes. Cada uno tenía unas costumbres y unos deseos. Y perder esas costumbres, y aunar esos deseos… lleva su tiempo. Precisamente el tiempo, y el amor, parecían ir a su favor. Cada día estaban más contentos juntos, y ya no se escondían en el bosque para sus encuentros. Su amor era conocido por todos.

De pronto, una oportunidad de oro para Ragga. Su tío, un apuesto y ejemplar aventurero, que emigró del bosque hacía muchos años, volvió al bosque de visita. Una noche, hablando con Ragga, le propuso embarcarse en un viaje. Su tío había conocido a un grupo de aves de diferentes especies, de espíritu aventurero, que iban a dar la vuelta al mundo. Su idea era viajar sin destino durante un tiempo ilimitado. Cada uno podía embarcarse cuándo quisiera, y dejar el viaje dónde y cuándo lo deseara. Una migración indefinida. Los ojos de Ragga se iluminaron, como se iluminaron el día que Ella se posó en aquella rama, a unos pocos metros. El sueño de su vida, hecho realidad.

Al día siguiente, en su paseo de todas las mañanas con Ella, le comentó, ilusionadísimo, la propuesta de su tío. Y su ilusión, se tornó tormento. Debía construir un futuro. Debía elegir entre el sueño de su vida, emigrar, y el motor de su vida, Ella. Era la decisión más difícil que habría de tomar en su vida. Debía escuchar a su cabeza y a su corazón. Los días pasaron y la presión era enorme. Todo el mundo le daba su opinión. El “vete” y el “quédate” llegaban a sus oídos a diario, casi a partes iguales. ¡Qué difícil decisión! No es fácil, de pronto, renunciar a la ilusión de tu vida y a unos ideales… pero él notaba que su corazón tenía más fuerza que su cabeza. Y le daba miedo.

Por fin tomó una decisión. Se quedaba por AMOR. A la mañana siguiente, cuando se despertó, notó como sus alas habían desaparecido. Sólo había quedado un resto de cada ala, el justo para desplazarse por el bosque de rama en rama, pero no podría recorrer largas distancias. Ya nunca podría emigrar sino era a lomos de Ella. Al principio la pena invadió su corazón, pero cuando llegó al punto de encuentro de todas las mañanas, Ella le esperaba. Y cuando la miró, supo que había hecho lo correcto. Y se acercó a Ella. Y la besó sin labios e incluso la abrazó sin brazos. Era el pájaro más feliz del bosque… de la Tierra, se atrevería a decir… de la Tierra que ya nunca conocería.

Al día siguiente, se despertó más ilusionado que nunca. Casi no pudo pegar ojo en toda la noche. Al llegar al punto de encuentro, diez minutos antes de la hora, se sorprendió. Era la primera vez que llegaba antes que Ella. Pasaron diez minutos y Ella no aparecía. Pasaron veinte, treinta. A Ragga, poco acostumbrado a esperar, se le hicieron eternos. Cansado de esperar, y preocupado, emprendió una marcha por el bosque buscando y preguntando. Nadie sabía nada. Al cabo de un buen rato, se encontró al señor búho, que todo lo sabe.

- “Señor búho, ¿la ha visto usted?”.

- “Sí, Ragga, la vi esta mañana. Salió muy temprano con sus padres. Parece que iban a unirse a tu tío en su migración indefinida”.

- “¡No puede ser!” – respondió Ragga.

- “Pues así es, pequeño amigo. Ella necesitaba viajar, y se ha ido. La vida no espera”.

Ragga subió a la copa del árbol más grande del bosque, miró al cielo, y pensó: “Tengo que llegar hasta Ella”. No podía creer lo que había pasado. Tenía que volver a verla… ¡no podía estar sin Ella! Saltó con la misma fuerza con la que antes había amado. Y tan grande fue su amor, como inútil su salto, y dolorosa su caída.

V.R.

Cerebro Cítrico: con C de Vitamina

Tengo un cerebro cítrico que gotea cada segundo. A ratos, la realidad viene a saciar su sed. Bebe a borbotones, y por cojones, traga hasta llegar al vómito. El problema no está en la pulpa sino en la cáscara, la que atrapa y agoniza, la que ahoga los impulsos. A veces es de goma, y otras, tan rígida como el acero. Pero es ahí dónde reside la condición del ser que evoluciona, limón o naranja, naranja o amarillo, todos de igual a igual tenemos pulpa. Y no sé qué será, si la sociedad o la condición humana, pero saludo cada mañana, tarde o noche, a una extraña silueta con forma de exprimidor. Nos exprimen como individuos, como trabajadores, como amigos… todos quieren sacar lo mejor del otro. Y mientras busquemos sacar lo mejor del otro y no lo mejor de nosotros mismos, avanzaremos a la nada. Una nada repleta de mierda pegajosa y maloliente cagada por culos hipócritas que se complican la vida obsesionados en conseguir esa felicidad llamada éxito. Éxito cimentado en arenas movedizas y cadáveres de personas valiosas. Éxito que nutre a todas esas lenguas que lamen culos y a todas esas personas que son hijo de o amigo de. Pero claro, esa es la vida, la de tantos, la tuya y la mía, pero no la de algunos. Otros eligieron porque fueron valientes. Otros quizás no ocupen cargos importantes, pero se encargarán de ser importantes dentro del espacio que ocupan. Por eso sigo luchando, porque las cosas se crean para ser cambiadas, para mejorarlas, para perfeccionarlas. Porque realmente somos, hasta un instante antes de la muerte, el más perfecto de los prototipos. Corregir y mejorar, elegir y decidir, y sobre todo, solucionar...
Para mí, eso es vivir.

l u i s c a

miércoles, 21 de abril de 2010

Un día más sobre la tierra

En los días presentes se suceden interminables fenómenos sociales, impulsados por una tecnología impúdica que se presta a cualquier aplicación. Nada parece sorprender a los ojos de los hombres que deambulan sobre los cimientos civilizados de nuestro siglo.
Esta misma tendencia fluía en el interior de Kevin S., un joven que, tras varias intentonas de acceso a la Universidad, había decidido finalmente recogerse a meditar sobre el mañana, en la olvidada campiña de sus abuelos; donde ya nada crecía. La tierra estéril... como una cárcel de recuerdos enterrados.
En el centro del yermo páramo se elevaba, no sin cierta cojera, lo que en su día fuera un fornido caserón, y hoy rivalizaría con un una chabola, o refugio ocasional.

En su primera semana de recogimiento se entregó por completo a las naderías y futilidades más mundanas que supo encontrar. A primera hora se aseguraba de confeccionar los mil y un alimentos que engulliría el resto de la jornada. Enseguida, con su estómago abultado pero firme, Kevin se dedicaba a deambular por la finca lanzando piedras a cualquier objeto que reclamara su atención, apaleando cuantos matojos se cruzaban y quemando las alimañas que no eran de su agrado (la mayoría… en realidad todas).
…

Mediaba el segundo mes de su aventura cuando resolvió firmemente no pasar un día más arrastrándose por aquel desierto olvidado. En todo este tiempo no había logrado alumbrar el menor atisbo de luz para su oscuro futuro. Viendo el vacío absurdo de una vida contemplando nada, se juró que aquellas paredes a medio derruir cobijarían su sueño una última noche. “Hasta nunca”, gritó para sí.
La ocasión lo merecía. Se esmeró especialmente en pulir los manjares que nutrirían su sueño. Tanta pasión ardía en los fogones, que el joven se olvidó por completo del mundo y de aquella casucha en la campiña y de cerrar la herrumbrosa puerta de la entrada.
Antes de servirse el primer plato sintió cómo un silbido afilado horadaba su cabeza trazando una recta exacta entre sus dos tímpanos. Su cerebro entró en parada… se desvanecía. De súbito, un golpe. Silencio.

Despertó dos horas más tarde, o al menos eso percibió su adormecido cerebro. Delante de él aparecía desdibujado lo que parecía ser un hombre… seguro una bestia.

Desenfocado, como un bosquejo del hombre trazado por la mano de un niño; así percibía aquella extraña silueta que le miraba al otro lado, en silencio. Esperando. Poco a poco, sus músculos lograron nutrirse de cierta sensibilidad. Sin movimiento, maniatado. Confuso y aterrado. El miedo víctima de lo desconocido. Humedeció sus labios. Probó a hablar. Nada. La niebla cubrió enseguida sus ojos.

Nueva luz un día más tarde. Su mente envuelta en una vorágine de terror y el estómago digiriéndose a sí mismo. El Otro seguía allí, callado, sin rostro. Su figura como de humo; consistente pero hecha de viento. Sin ojos a los que hablar, sólo un monumento de piedra edificado en memoria de lo extraño. Probó de nuevo… esta vez sí.

– ¿Quién eres?, -balbució Kevin S., creyendo aún dirigirse a otro hombre.
– Desde luego, no soy como tú. No somos como vosotros.

Aquella voz metálica resonaba en su cráneo tan adentro… como la voz de la conciencia que nunca tuvo. Pareciera que le hablaban sus propios pensamientos. En efecto, aquel ser inefable no parecía pronunciar sonido alguno; sus ideas volaban invisibles hacia la mente de Kevin. El joven, sumido en la congoja, sudaba y se estremecía en la realidad de aquella pesadilla.

– ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me has atado?
– Estoy lejos casa… simplemente necesitaba provisiones; sobre todo alimento.
– ¿Lejos de casa? Exactamente… ¿dónde está tu casa?
– Demasiado lejos; jamás lograría hacer que lo entendieras. En cualquier caso, ¿qué más da?; limítate a padecer lo inevitable.

No fue difícil comprender qué era aquel “inevitable”. Todos esos instrumentos informes colocados en perfecto orden sobre la mesa. Objetos del todo incomprensibles pero con la evidente finalidad de cortar, despedazar y empalar carne. Sin quererlo, había asistido a un festín al que nadie le había invitado, quizás, porque él no era más que el primer plato…

– Vas a matarme, ¿verdad? Quieres que sea tu compañía en el viaje, aunque yo desee quedarme. Me empaquetarás y etiquetarás cada porción de mi cuerpo según sabores, nutrientes, y sabe Dios qué más.
– De hecho, nada más. Has acertado en todo cuanto has dicho. Bueno, en todo no: Él no sabe nada y supongo que jamás vendría a una reunión así.
– ¿A cuántos has matado ya? ¿Acaso soy el primero?
– Ciertamente no eres el primero. Antes hubo otros muchos. Vuestro planeta azul ha sido siempre… ¿cómo decirlo para que lo entiendas?; la Tierra es esa estación de servicios a la que os desviáis tras horas de monótono horizonte asfaltado. Un alto en el camino para repostar.
– Para ti no soy más que combustible. Llegas y coges cuanto necesitas y te marchas sin el menor pesar, sin ningún remordimiento.
– ¿Hablas de remordimiento? Llevo varios días observando entre la maleza marchita que se muere en estas lindes. Pude ver cómo destruías cuanta vida surgía frente a ti. Observé tu rostro, casi complacido, al ver estallar los ojos de esas alimañas que devinieron en carbón.
– Quizás… pero las bestias no son hombres. No debo sentir lástima por ellas. Del mismo modo, tú deberías sentirte como un asesino y atormentarte por cada muerte causada.
– ¿Piensas en nosotros como iguales? De sobra sabes que no soy un hombre. De hecho, considero al hombre como una bestia más, si así lo quieres, de modo que puedo servirme tus vísceras recocidas, mientras veo pasar los astros camino al próximo destino.
– Si de verdad me hubieras observado con tanto detenimiento, habrías visto también que no medié palabra con toda esa carne animal. Aquellos seres enmudecían sin ser siquiera capaces de comprender su propio final. Aun cuando la carne ardía y estallaba en ceniza, todavía entonces, no eran capaces de reconocer que ya había anochecido. Sin embargo, piensa en nosotros: hablando como iguales, razonando si vale más mi vida de hombre que esas cenizas humeando afuera.
– Es cierto que llevo años escuchando el mismo lamento desesperado; disfrazado de buenas intenciones y aires de esperanza… Un sentimiento que poco a poco se apaga. En cualquier caso, debo contrariar tu reflexión. No hay discusión alguna entre tú y yo, ni siquiera diálogo; te limitas a gemir y llorar y suplicar. Yo tan sólo escucho atento. Espero una voz de grite: “la cena está lista”.
…

Aún no era tarde. Al menos esa era la idea que Kevin trataba de imponer en su mente. Convenciendo a sus dudas, a sus miedos más primitivos, de que la salida no debía andar lejos. Tan sólo debía concentrarse y analizar sus opciones y dar con la tecla que le haría libre. En estas, su mente proyectó de modo fugaz una ráfaga de imágenes inconexas en el tiempo, de todos aquellos que habían significado algo para el muchacho: ya un amigo de la infancia a quien jamás había vuelto a ver, ya sus padres en aquel viejo parque demolido años atrás, ya esa joven de la que anduvo perdidamente enamorado, ya aquel viejo profesor cuyo rostro y nombre había olvidado, aunque no su sentencia favorita: “En la vida sólo existen dos clases de hombres: los que van a morir y los que intentan evitarlo”.


– ¿Qué harás cuando lleguen los míos? No podrás matarnos a todos. Ya debe quedarles poco –amenazó Kevin.
– ¿Te refieres a ese grupo que llamáis familia y a otros tantos amigos? Vamos, no me insultes con tretas tan absurdas. Estás solo. Nadie vendrá a socorrerte. Decidiste huir y aislarte de todo el mundo.
– Nadie ha huido a ninguna parte. Tan sólo me adelanté al resto. Espero su regreso. Estarán aquí incluso antes de que amanezca.
– Ambos sabemos que eso no ocurrirá. Vi antes cómo, acodado en la baranda del porche, dirigías tu mirada a lo lejos… perdido en un horizonte de dudas donde la tormenta tronaba con fuerza, presagiando tu naufragio. En aquella visión no había nadie más. Sólo una barcaza a la deriva; un capitán a punto de naufragar. Estás aquí porque te has sentido solo, perdido e inútil entre los hombres. Viniste en busca de algo, pero ya era demasiado tarde.
– ¡Mírate! Me señalas y me acusas de estar solo, pero tú, estoy convencido, conoces mejor que yo el amargo sabor de la soledad. Yo puedo decir, al menos, que he conocido a los hombres y, un día, sin saberlo, quedé rezagado y nunca volví a dar con ellos. Tu desgracia es aún mayor pues pareciera que tu pasado está tan vacío como tu ahora. Quizás tengas razón: naufragaré solo y sin auxilio, pero en mis últimas bocanadas de aire tendré una mano que sostenga mis últimos pasos… En tu caso, el oscuro vacío que te rodee allá arriba será lo único que encuentres al final de la escalera.
– Jamás lo entenderías… Nosotros no concebimos siquiera la soledad. No existe nada parecido a vuestra familia, incluso no entendemos para qué la amistad. Nos sabemos integrantes de una especie y nada más. Nuestra vida es un periplo de supervivencia en soledad. Nuestra casa, un lugar para el retorno cuando se atisba el fin.
– ¿Tan seguro estás de tus pasos? Puede que nunca regreses… tu último aliento, si es que necesitas respirar, llegará sin previo aviso y se reirá de tu insolente seguridad.
– Quizás. De todas formas tengo por seguro que mi momento no será éste; una certeza casi tan clara como la de tu inminente despiece.
…

La sangría humana lista para ser consumada. Los ojos de Kevin parecían querer salirse de sus cuencas y atravesar el cristal y huir a la blanca luna, allá en el negro cielo. Al contrario de lo que hicieran aquellas alimañas, el joven debía empezar a concebir su propio derrumbe. Sus asertos no parecían convencer al invitado, su elocuencia resultaba aún más estéril que la vieja parcela de sus abuelos. Los viejos, recuerda Kevin, practicaban una suerte de devoción hacia Dios que solía asustar al nieto; él veía todo aquello insano, como una obsesión descarnada. A pesar de ello, lo intentó.

– ¿Qué me dices de tu Dios? ¿Dejará impunes todas esas muertes?
– Mi Dios, cuyo Cielo no comparte con el vuestro, desea lo mejor para mí. Sus hijos no deben temer el precio de seguir con vida. Todo vale. Siempre avanzar.
– ¡Sois bestias… almas sin corazón! Carecéis de toda moral, y matáis con la misma sangre fría e indiferencia, con la que probablemente os vieron nacer vuestros padres. ¡Aunque por seguro no nacéis, más bien sois escupidos al mundo!
– ¿Bestias? ¿Condenas mi conducta por ser libre? Mi moral habla de evolución, de expansión de la especie y sometimiento de cuantos se oponen a nuestra gloria. Vuestros valores, tan humanamente podridos, no son más que absurdos baluartes que nadie desea seguir. Consignas que susurran al oído “libertad”, mientras asfixian vuestros pies con pesados grilletes. Creéis defender la vida, la libertad y dignidad del hombre. Al final, un cúmulo de hedionda hipocresía que ni siquiera vosotros os creéis. Vuestra moral no es mayor que la de esos animales que viven revolcándose en sus heces embarradas.
– ¡Desgraciado! Los valores humanos, los de verdad, no son en absoluto cadenas de presidio; me hacen ser quien soy, además de allanar el camino para, algún día, convertirme en el hombre que quiero llegar a ser. Mi moral se erige sólida y firme, aunque no sirva para asesinar y no devore a sus enemigos.
– Me alegra ver tu entereza en el ocaso del camino. Pocos han sabido sofocar tan bien el llanto. Un lamento por el que no llora, como bien dices, mi moral; asesinar sólo es posible entre iguales, y desde allá arriba me gritan para que te devore.
– Sin embargo, aquí no os cubre ese Cielo infernal que dibujas en mi mente. Eres un pobre huérfano en un planeta donde ni siquiera Dios tendrá piedad de ti.
– ¡Silencio! Me hastían tus sollozos y empiezo a tener hambre. Guarda tus recelos para más tarde; ya pedirás cuentas en la otra vida.
…

Todo estaba perdido. Aquel depredador del cielo escogía con meticulosa lentitud el arma que asestaría el primer golpe. La víctima retorciéndose entre espasmos. Sus sienes latiendo con fuerza. Ya no ve aquellos cuchillos y ganchos sobre la mesa, tan sólo dolor. Allí no hay más que sufrimiento; el mismo que estaba a punto de padecer. Su acompañante no humano se decidió por fin: “Empezaremos con esto”, pareció decirle al mostrar una suerte de navaja curva, lista para degollar la vida.

– ¡Piénsalo bien y, si resuelves matarme, que no te tiemble el pulso!, –gritó el joven a aquel extranjero inhumano.
– ¡Por fin la calma!

Mientras su asesino avanzaba, Kevin cerró los ojos. La bestia creyó ver al miedo poseyendo por completo a su víctima; nada más lejos de la realidad. El muchacho se concentraba. En aquel momento había logrado romper por fin las cuerdas que aprisionaban sus manos. Aquellas largas horas debatiendo por su vida fueron una simple excusa; una cortina de humo tras la que ocultar el arduo trabajo de rasgar sus ataduras con la pequeña navaja paterna, escondida en el bolsillo trasero de su pantalón. “Te sacará de más de un apuro”, le dijo en su día el viejo.
Kevin sabía que sólo tendría una oportunidad. Errar el golpe significaba la muerte. Un segundo más y el Otro podría trinchar su cena. De súbito, el hombre se puso en pie y, si aquel animal hubiera tenido ojos, sin tiempo siquiera para parpadear, habría visto cómo su víctima se convertía en verdugo. El joven agarró con fuerza uno de aquellos instrumentos, el de aspecto más despiadado, y lo incrustó sin reparo en la cavidad donde supuso estaría el cerebro, por llamarlo de alguna forma, de aquel correoso animal. Acertó en su diagnóstico. Una mole amorfa se derrumbó sobre las baldosas que cubrían el suelo de la cocina. Baldosas manchadas de un viscoso fluido azul, que apestaba a mil demonios.
…

Desde lo alto de la colina puede contemplarse la extensión exacta de la finca: la casucha en el extremo norte; la pira donde arde la bestia a su lado. El fuego engulléndolo todo; el más hambriento de los animales. Una espiral de humo que sube hacia el Cielo… de vuelta al hogar.
Kevin ve en aquel terreno sin vida el escenario de una batalla donde el olor a muerte es aún reciente. Todas aquellas dudas a las que imaginó dar respuesta seguían punzando su cabeza. Llegó perdido y en busca de un camino y volverá por otro camino, pero igualmente perdido. No obstante, se siente victorioso y a salvo; satisfecho de ser.

El hombre, dueño y señor de la Naturaleza; rey de bestias. La jerarquía vital dirigiendo el concierto de lo humano; el orden de las cosas impuesto desde arriba: un día más sobre la tierra.

jueves, 8 de abril de 2010

Esclavos de la ignorancia civilizada

LA ESCLAVITUD se remonta a tiempos tan alejados del presente que podría, incluso, enlazarse con los primeros pasos de la existencia humana. La Grecia Clásica o el propio Imperio romano aprendieron pronto las comodidades de una vida basada en órdenes que otros, naturalmente los esclavos, debían obedecer. En plena vorágine esclavista surgió el Cristianismo para dignificar la vida de todo hombre; haciéndole igual a sus semejantes y, por tanto, portador de los mismos derechos… Hoy, el mundo civilizado presume de haber desterrado una práctica que cosifica a sus víctimas. Sin embargo, tras limpiar la conciencia propia, los occidentales siguen practicando las malas artes de antaño, esta vez, en tierra de nadie. No es necesario llegar al extremo de las despiadadas redes de turismo sexual instaladas en zonas como Tailandia –donde los ingresos derivados de la prostitución resultan un 60 por ciento del presupuesto nacional–; ahora existen formas mucho más sutiles, casi inconscientes, de esclavizar… basta, por ejemplo, con embarcarse en los celebérrimos “viajes de ecuador” –mediada la carrera universitaria–.

La Universidad tiene su razón de ser –al menos la tenía– en la consecución de un poso de conocimientos y saberes sobre el devenir humano: su sentido y trayectoria; los grandes logros y fracasos. Así, el siempre perdido alumnado encontraba por fin un santuario que hacía las veces de guía espiritual, y sólido soporte para el tramo de la vida aún sin recorrer. El estudio, mezclado con la experiencia, edificaba una conciencia madura, capaz de aprehender cuantas realidades se sucedían en derredor. No obstante, en los días presentes, el producto de la maquinaria educativa invita al desaliento, adolecido, al parecer, de un grave defecto de fábrica. La generación universitaria, inmersa plenamente en los valores edificados a la sombra de los Derechos Humanos, parece olvidarse pronto de sus consignas altruistas y devenir en cruento tirano, una vez atraviesa la frontera nacional. El fruto de la ciencia educativa demuestra, en su tercer año de gestación, haber aprendido poco… en realidad nada.

Resulta propio de las mentes fundidas al calor de tres años de ejercicio racional, refrescar las ideas en las reconfortantes aguas del Caribe. Países como México, Cuba o República Dominicana se convierten en destinos indispensables cuando se arriba al ecuador de la odisea universitaria. Hablamos de una oferta turística homogénea e igualmente suculenta: trazos infinitos de arena blanca, delimitados, a un lado, por lenguas azuladas de un océano que se pierde en lontananza, y, al otro, por un tapiz de verdes imposibles, elevados algunos por encima del mismo cielo. Asimismo, este lindo bosquejo se cierra con la plena conciencia de sentirse libre, de verse capaz de todo, mezclado con la absoluta ignorancia –en realidad, indiferencia– de la luctuosa existencia que arrastran cuantas almas hacen posible el disfrute general.

Cualquier destino es válido para el caso, por ejemplo este último: República Dominicana. El titular del Ministerio de Turismo de la región caribeña, Francisco Javier García, anunciaba recientemente unos beneficios cosechados en 2008, superiores a los 10.000 millones de dólares –más de 7.000 millones de euros–. Las alarmas morales se disparan enseguida, cuando se observa que el salario medio en la isla ronda los 240 dólares mensuales –unos 117 euros–, y cada turista que visita el país isleño se desprende al día de casi la mitad de esta ridícula retribución. Duele, pero es tan real como el sudor que cada dominicano destila para lograr tan sólo un centavo.

¿Por qué no parece afectar esta realidad hedionda al inmaculado olfato académico? A buen seguro que el mal olor desaparece tras el velo que corren los impúdicos intereses de las cadenas hoteleras –por supuesto extranjeras–, conocedoras del estado anómalo de los turistas advenidos del exterior: parapetados por una suerte de coraza civilizada que les ciega hasta decir basta, y les envuelve en una ilusa felicidad interna, a través de la cual ven el mundo sesgado, desfigurado: ya una sonrisa provocativa de las bellezas autóctonas, sometida, en realidad, al amargo abrazo de la prostitución; ya el canto alegre del negrito que tan amablemente sirve las copas durante el día, y que podrá sentirse afortunado si a la noche logra reposar su sueño entre cuatro paredes acartonadas. El júbilo sonoro de las gargantas libres embellece, y oculta, las lágrimas de quienes viven bajo el yugo del indolente círculo empresarial que azota la isla: unas cadenas que se refuerzan, aún más, con la pasividad extranjera.

“Les hacemos un favor viniendo”, dirán algunos… “Les damos trabajo y dinero”, les secundarán otros. En el fondo, nada más que creencias populacheras basadas en remedios caseros contra el mal de conciencia. Susurros hipócritas que resucitan las lacras del voraz colonialismo con el que Europa embistió al continente africano allá por el siglo XIX: “la noble misión civilizadora del hombre blanco”. Es, en definitiva, un cúmulo de ingente hipocresía acomodada en el aburguesamiento occidental que, por desgracia, parece haber poseído por completo la iniciativa y sensatez de las privilegiadas mentes universitarias. Tan sólo se necesita a uno para que grite “¡fuego!”, aunque quizás uno sea pedir demasiado.

No hay salida

Llevo años escalando el mismo muro de fría roca, aferrándome a cada recodo helado... sorteando los sinsabores de la dulce soledad de que hablan los textos antiguos; esos que ya nadie lee.

Tropecé con todos los escollos que encontré en el mapa, por buscar en cada tropiezo un sentido al anterior… Resultó no haber sentido alguno. Tan sólo es eso: tropezar.

Hay una ventana que siempre mira al mundo; lo dibuja tan lejano… A menudo me sorprendo al verme acodado en el borde, observando el absurdo caminar de las horas. Atiendo al ingenuo sonreír de la infancia y a la decepción oscura que dibuja la tez anciana. No pocas veces me crucé con sus miradas. “Intenté avisaros…”, les digo.

Una mañana, al despertar, creí seguir soñando al asomarme de nuevo: el vacío había devastado las calles y barrido las aceras y borrado cuantos hombres caminaban sobre ellas. Grité tan alto que varias cuerdas saltaron en el aire. Enmudecí y el grito se apagó de golpe. Mientras el eco de mi voz se alejaba, traté de memorizar su melódico fluir. Ahora casi no la recuerdo, aunque seguro sonaba bien.

Tantos albores en medio de nada, de nadie, que acabé por cancelar el mundo. Corté con furia aquel manantial de luz y me hice jurar que nunca había existido ventana alguna por la que mirar.

Me despido del sueño y contemplo cada mañana un espejo que sólo abarca mi rostro. Los hombres que ayer caminaban, reducidos hoy a un solo caminar. Pisadas huecas que olvidaron hace ya tiempo a qué suena su voz. El cruento silencio extendiendo su mano por doquier.

No hubo otras mañanas. Jamás volví a despertar. Me dejé envolver por los trazos oscuros de una pesadilla que prometió no dejarme escapar. Me confió que vendría pronto, que la espera terminaba y el silencio se libraría de mi molesto ruido.

Ya se acerca. Repiquetean sus dedos en la espesa bruma. Sólo un susurro. Pasos que crujen con cada latido. La sangre palpita; furibunda anhela salir del cuerpo. No hay salida.